enero 8, 2026

El acceso a la información, tal como lo conocemos hoy, nunca había estado tan disponible para cualquier ciudadano común. Lo constato a diario con un dispositivo en la palma de la mano, desde el cual puedo acceder, bajo demanda, al acontecer actual e histórico, a grandes obras del pensamiento y a múltiples fuentes de conocimiento. Gracias a este fenómeno, me animo a compartir una reflexión que se relaciona con nuestro origen y nuestra dirección como sociedad.

Pertenezco a la generación X, de cultura occidental, y crecí —quizás algo distraído— escuchando dos relatos que parecían irreconciliables: por un lado, la teoría de la evolución; por otro, la creación divina. Fuimos educados entre la idea de ser el resultado de la selección natural o descendientes de Adán y Eva.

Hoy, ya cerca de cumplir medio siglo de vida, y con la voluntad de comprender las cosas a través del cedazo del discernimiento, creo que es posible recuperar la capacidad de asombro y reflexión. Desde ahí, me permito considerar una alternativa en la que ambos aportes —el científico y el espiritual— puedan convivir, al mismo tiempo que hago una crítica constructiva al statu quo dominante.

Reconozco que la selección natural puede observarse con relativa facilidad en la naturaleza. El aporte de Darwin es notable y valioso, pero considero que no es suficiente para explicar el origen de nuestra especie. De la misma forma, admiro los dogmas que se han transmitido por generaciones y que han cumplido una función esencial: otorgar sentido, paz y orientación al ser humano. Sin embargo, también es evidente que muchos de estos dogmas se han vuelto rígidos o incompletos, así lo demuestran reconocidos eruditos .

Desde esta reflexión, acepto la idea de que nuestro origen responde a una voluntad. Fuimos diseñados y creados a semejanza del Creador, y como “hijos” o descendientes, heredamos la capacidad de voluntad para intentar comprender tanto el alcance físico como el intangible de nuestra existencia.

En el plano físico —en el que estamos presentes por voluntad— habitamos aquello maravilloso que llamamos vida. Más allá de las creencias personales, podemos entenderla como una forma dinámica de la materia, dotada de autopoiesis, cuya complejidad y singularidad están contenidas en las instrucciones del ADN. Solo este hecho basta para dimensionar, aunque sea parcialmente, el nivel de conciencia del Creador.

En el plano de lo intangible, aquella conciencia que habita el cuerpo físico, estamos dotados de la capacidad de cultivar la conciencia: Que es ese destilado de la experiencia interactuando con ideas complejas, con el entorno, con la memoria, la imaginación y la proyección. A través de este proceso, también podemos intuir o descubrir un nivel más profundo de lo intangible, aquello que trasciende el cuerpo y la vida presente: lo que llamamos alma.

Esta extraordinaria amalgama de capacidades físicas e intangibles que conforman al ser humano, muchas de las cuales damos por sentadas, que operan de manera autónoma como la respiración, los latidos del corazón, o la regeneración celular, y que solo reparamos en ellas cuando fallan, nos dan testimonio de lo admirable y preciso de nuestro diseño.

Desde esta perspectiva, y con humildad, me permito formular una crítica constructiva a la dirección soberbia que hoy se le está dando a la sociedad desde ciertos enfoques dominantes de la ciencia. Una ciencia que, en algunos casos, parece enfocada en imitar, controlar o “hackear” la creación, en lugar de comprenderla y respetarla. Esta actitud, a mi juicio, se ha convertido en una fuente de múltiples males que se extienden a todos los rincones de la sociedad.

La pregunta es inevitable: ¿a qué costo?
¿Hacia dónde conduce esta tendencia a menospreciar lo que somos?
¿Y qué horizonte se les está ofreciendo a las nuevas generaciones?

Según proyecciones expresadas por uno de los asesores más influyentes del Foro de Davos, el futuro parece reducirse a “drogas y videojuegos”. Una propuesta desalentadora que, además, desestima aquello que verdaderamente podría contribuir a construir un nuevo logos, una razón de ser más profunda y humana.

Concluyo aspirando a un ideal: una dirección que fomente el entendimiento, el desarrollo de la conciencia y del espíritu. Entendiendo este último como aquello que da sentido a nuestra vida, a nuestro sentido de pertenencia y a la posibilidad de proyectar un futuro más prometedor para las nuevas generaciones.

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